24 Nov Construir paz: reto educativo

Familias destrozadas, vidas que no vuelven a ser las mismas Imágenes desesperadas que nos recuerdan a un niño kurdo, Aylan, ahogado en una playa del Egeo al intentar huir de la guerra siria. O a Omran, un chaval de cinco años que, tras resultar herido en un bombardeo en Alepo, no tenía fuerzas ya ni para llorar. Humanidad petrificada y fracasada.
La violencia tiene muchas caras. La más llamativa, la ejercida en las guerras, la violencia entre colectivo, naciones y grupos armados. Y aún hay abundancia de ella: en 2016 se registraron 32 conflictos armados en el mundo. Asimismo, el año pasado se inició con 65,3 millones de personas desplazadas de su casa por estas contiendas armadas, según el balance de la agencia para refugiados de Naciones Unidas ACNUR.
Pero también se hallan cifras sobre el impacto de la violencia más cercana, entre personas. Un informe de 2014 sobre prevención de la violencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en base a datos facilitados por 133 países en 2012, destacaba que ese año se habían registrado 475.000 muertes por homicidio, la tercera causa de muerte entre los varones de 15 a 44 años. La OMS, aun así, detectaba un descenso de un 16% de los fallecimientos por esta causa en el periodo 2000-2012.
Estremecedores eran también los datos de su resumen ejecutivo donde se apuntaba que «las mujeres, niños y personas mayores son quienes soportan la mayor parte del maltrato físico y psicológico y los abusos sexuales no mortales». La violencia interpersonal impone una pesada carga en los sistemas de salud y de justicia penal, en los servicios de previsión y asistencia social y en el tejido económico de las comunidades.
Impacto del abuso y maltrato. Según las conclusiones del informe a nivel mundial, una cuarta parte de toda la población adulta afirma haber sufrido maltrato en la infancia; una de cada cinco mujeres, abusos sexuales en la infancia; una de cada tres féminas reconoce haber sido víctima de violencia física o sexual por parte de su pareja en algún momento de la vida.
Por último, un 6% de adultos mayores había sufrido algún maltrato en el último mes. Con estos datos, puede resultar tentador dar a la razón a la antigua cita latina, popularizada por el filósofo Hobbes, de que «el hombre es un lobo para el hombre».
Diferencia entre conflicto y violencia. Sin embargo,«la violencia no es congénita, se aprende, a diferencia de la agresividad, que sí es congénita». Pero la agresividad no tiene por qué conducir siempre a la violencia. Hay vías para gestionarla y encauzarla: una de las principales, la educación. «La violencia es una construcción cultural y social», recalca el escritor, pedagogo e investigador para la paz andaluz José Tuvilla Rayo.
«La paz es la síntesis de los derechos humanos. Debe construirse tanto en el interior de las personas como en el exterior. Por eso, la construcción de la cultura de paz requiere de procesos integrales en los centros educativos», señala este investigador colaborador del Instituto de la Paz y los Conflictos de la Universidad de Granada.
Procesos integrales que, en su opinión, implican repensar «organización, curriculum, formación y desarrollar acciones de estudio y mejora del clima escolar», con el objetivo de «prevenir, detener y resolver los conflictos, mejorar las prácticas educativas, involucrar a las familias y crear espacios de participación», para construir escuelas «seguras y pacíficas, centradas en los éxitos educativos».
Asegura Tuvilla, premiado en 2005 con la Medalla de Oro al Mérito en la Educación de Andalucía, que «para educar bien, se tiene que construir convivencia. Construir buenas relaciones es un enriquecimiento personal, pero también social. Si no se tienen habilidades sociales y comunicativas, no hay convivencia. Y sin ella, no podemos construir cultura de paz».
También se precisa de la colaboración de la familia: «que es el primer ámbito de socialización de las personas. Si en las familias no se construye compromiso, compasión, no se enseña a compartir, es todo mucho más difícil», opina este investigador, que ultima un nuevo libro, Educación al servicio de la humanidad.
«La paz tiene mucho que ver con nuestra capacidad de gestión del conflicto. El conflicto sí es inherente a las personas, porque podemos tener intereses distintos», explica Marina Caireta, responsable junto a Cécile Beneito del programa de educación de la Escuela de Cultura de Paz de la Universitat Autònoma de Barcelona. «En el abordaje del conflicto las emociones son importantes. Las emociones nos movilizan. Son nuestro motor. Una mala gestión de las emociones nos lleva a la violencia», manifiesta Caireta, para quien la formación y el desarrollo de la capacidad de gestión de los conflictos no se ha introducido suficientemente en el curriculum educativo.
«En la educación para la paz, la realidad personal y la social van muy ligadas, se tienen que trabajar los dos niveles en paralelo. Educar en la paz implica tanto un cambio personal como un cambio social», asevera Caireta, autora de obras como Educación para la paz y la convivencia en el marco escolar. Una mirada desde la formación de profesorado.
Legitimación e impacto de los grupos. Para la doctora en Psicología Concepción Fernández Villanueva, de la Universidad Complutense, toda violencia tiene una dimensión social y cultural: «La violencia es una cuestión de valores: de si se legitima su uso o no, de si se considera que es funcional o no. Algunas sociedades han conseguido reducir algunos tipos de violencia: no se ajusticia en público, no recurren a la tortura, pero otras no. En la actualidad, la violencia contra las personas está muy deslegitimada socialmente, con excepción de la que se ejerce en defensa propia. Pero la violencia entre grupos está bastante más legitimada. La violencia política, por ejemplo, aún se justifica mucho».
Por ello, Villanueva, directora del grupo de investigación sobre psicosociología de la violencia social y del género (https://www.ucm.es/psicviol), señala la importancia de este factor grupal: «el pensamiento grupal acentúa los elementos en común de la gente: los más solidarios…o los más violentos», dependiendo de las características del colectivo.
Si un grupo se siente amenazado, «es fácil convertir al diferente en un enemigo. Si no cuentas con habilidades para reconocer estas situaciones, es más fácil que te cierres. La amenaza la puedes sentir como más grande o más pequeña», describe Marina Caireta.
Investigación. El odio, entonces, surge como una potente construcción humana, eliminando la empatía y la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Una investigación universitaria recogida en 2015 por la revista PLos ONE (Do We Feel the Same Empathy for Loved and Hated Peers?) investigó el grado de dolor que sentían 66 personas cuando se ponían en la situación de que alguien querido, un desconocido o una persona que odiaban vivía una situación dolorosa.
Los registros más altos de dolor se experimentaron cuando las personas pensaban que sus seres queridos sufrían. Pero si eso mismo le sucedía a aquellos por los que se sentía aversión, los niveles de dolor percibidos eran inferiores incluso a los que sentían hacia un desconocido. En escenarios de conflicto entre colectivos, una espoleta hacia el desastre y una potencial justificación de la violencia.
El doctor en Teología por Deusto y ex profesor de esta universidad Joseba Segura interpreta que «la cohesión, entrendida como fenómeno de masas, se logra muchas veces identificando un enemigo externo, real o imaginario. Segura señala que «la religión es una fuente de identidad fuerte» y por eso, se pueden utilizar argumentos religiosos «para contribuir a articular rechazo o dominación del diferente».
Como ejemplo, al analizar la colonización americana y la institución de la ‘encomienda’, que se justificaba, entre otras cosas, para fomentar la cristianización, Segura manifiesta que el argumento religioso «funcionó como cobertura para fomentar la ambición personal de unos pocos, que utilizaron a muchos como fuerza de trabajo en condiciones, muchas veces, de esclavitud».
Pero desde la vivencia religiosa «también se puede resistir la demagogia y la mentira». En su criterio, «no es posible justificar desde el mensaje cristiano la mayoría de las violencias que desde instituciones y personas cristianas se han practicado. Eso sí, la capacidad de racionalización del ser humano es enorme. Y por eso, han existido tantas guerras e imposiciones que se han calificado como ‘justas’, siendo profundamente injustas».
Aun así, Segura opina que «no hay fuerza mayor que la de la creencia religiosa para motivar y sostener vidas completamente libres de ambición personal y dedicadas al servicio de los que esta sociedad considera superfluos y sin valor, pero a los ojos de Dios son tan valiosos como el más rico, el más guapo o el más poderoso».
A este respecto, Benedicto XVI, en un discurso realizado en Asís (Italia) en 2011 con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Paz, un encuentro para el diálogo interreligioso, resaltó que ninguna forma de violencia representa «la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción».
Fernández Villanueva, profesora de Psicología Social en la Complutense, interpreta que conocer estos aspectos negativos del pensamiento grupal no implica que «los grupos no sean necesarios. Simplemente, hay que saber cómo son y cómo funcionan. El ser humano es un ser que vive en relación con otros. Pero un grupo tiende a reprimir (en los individuos) lo que no coincide con sus puntos de vista». El tema es especialmente importante, asevera, en los grupos de adolescentes, «donde la persona necesita sentirse integrada, pero en grupos muy autoritarios tienden a imponer mucho una opinión», lo que puede chocar con la individualidad del sujeto y con su propia escala de valores.
Cuando existe un conflicto en los valores entre la escuela, la familia o su entorno, el doctor en Psicología Pedro Vázquez-Miraz, profesor de la Universidad Tecnológica Bolívar (Colombia), señala que las opciones del alumno son diferentes en función de su edad: «los primeros años, lo que dice la familia es sagrado. Cuando el niño ya es un poco mayor, ‘gana’ la escuela y cuando es adolescente lo hace el grupo de iguales (sus amigos)».
Autoritarismo y violencia. Vázquez-Miraz, autor de la tesis doctoral Violencia machista y menores: efectos en los niños a causa del tipo de educación parental recibida, señala que «el ambiente familiar incide muchísimo en la conducta futura que tendrá el individuo».
En base a los estilos de educación básicos: el autoritario ( aquél en que los padres dictan siempre al menor cómo se deben hacer las cosas, impone normas y no acepta cuestionarlas, exige mucho y muestra poca afectividad), «es el que mostró una clara relación con las ideas que asociamos a la conducta violenta», introduciendo cuestiones como el sexismo o la definición clásica del honor.
En todo caso, no debe creerse que el estilo de educación autoritario sea poco común, ya que alrededor del 30% de las familias que se analizaron criaron a sus hijos de esta manera. Según los datos de su tesis, a mayor nivel cultural, menor frecuencia del uso de la educación autoritaria. A mayor edad de los padres, más recurso a este estilo.
El estilo educativo democrático (o asertivo), «es la antítesis de la conducta violenta». En él, los padres explican a sus hijos las razones del establecimiento de normas, reconocen su individualidad y negocian, tomando incluso decisiones conjuntamente.
La persistencia de actitudes que conducen a la violencia en las relaciones se observa en diferentes estudios. Una encuesta a más de 4.000 estudiantes de entre 14 y 18 años de España realizada por la Universidad Complutense y publicada en 2015 en la revista Journal of Interpersonal Violence, establecía que un 24% de ellos presentaba riesgos de ejercer abuso de género.
Por otro lado, un 17% admitía haber intentado controlar o aislar a su pareja algunas veces; mientras que otro 5% había incurrido en conductas de abuso emocional. El 2% restante había ejercido múltiples conductas de abuso.
Otros resultados interesantes arrojados por la investigación apuntaban que los tres grupos de chicos que habían intentado ejercer o habían incurrido en situaciones de violencia de género se identificaban con el modelo sexista clásico de dominio y sumisión significativamente más que el resto de adolescentes que participaron en la investigación. También se reveló que los participantes de estos tres grupos presentaban niveles bajos de autoestima, por debajo de la media.
El psiquiatra Luis Rojas Marcos, en su libro Las semillas de la violencia (Espasa, 1996) señala que «cada día se acumula más evidencia científica que demuestra que la violencia no es instintiva ni inevitable, sino que se aprende y se puede prevenir. Todos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestro carácter. Pero ciertas predisposiciones, del sadismo al altruismo, son producto de un proceso condicionado por influencias perniciosas del medio, que pueden ser en gran medida prevenidas o remediadas».
«En efecto, las semillas de la violencia se siembran y cultivan en la infancia, se desarrollan durante la adolescencia y empiezan a dar sus frutos malignos pronto en la edad adulta», concluye este escritor.
Valores. La educación para la paz «se construye a partir de una metodología experiencial y vivencial. Podemos tener unos buenos valores, pero si luego no los ponemos en práctica, no sirven para nada. La escuela no sólo se basa en transmitir conocimientos, sino en construir actitudes y comportamientos. Hay que lograr que de la potencia se pase al acto, y pasar de los valores sentidos a los vividos. Pero el aprendizaje no es sólo construir valores, sino también aprender a resolver los conflictos, que son algo inherente a la persona».
Por su parte, Marina Caireta señala que en la educación por la paz «se aprende desde el hacer. Hay que estar muy atento a los contextos y a las consecuencias sobre las personas de nuestros actos», también a la forma de comunicarse, optando por una forma de comunicación no violenta. Comunicación realizada de tal forma «en que siendo respetuosos los unos con los otros, al mismo tiempo digamos lo que consideremos necesario. Es un instrumento clave para poder transformar los conflictos positivamente», explica Caireta en su artículo Educar para la paz, organizar centros constructores de paz.
Violencia en medios y videojuegos. Sin embargo, la violencia tiene una presencia habitual en televisión (tanto en información como en ficción) y en el ocio. En 2004, una investigación del Observatorio Europeo de la Televisión Infantil (OEI) ya listaba que los niños en España veían más de 2.000 escenas violentas en televisión al año. Otros estudios, en Estados Unidos, sugieren que antes de acabar la educación primaria, un niño habrá visto 100.000 escenas violentas en televisión.
Concepción Fernández señala al respecto que «los medios tienen la obligación de mostrar la realidad. No diría nunca que hay que erradicar la toda la violencia de los medios. Es necesario verla, para entender la realidad.
Pero también hay una posición moral a tomar. No hay que estetizar el sufrimiento, tampoco burlarse de él, por lo que la recomendación a realizar es la de «seleccionar bien y contextualizar estas imágenes», para ayudar a interpretarlas. «Es necesario, para que una imagen de violencia tenga impacto en la persona, que la vea como algo cercano, próximo», destaca la investigadora de la Universidad Complutense.
Respecto a los videojuegos, un informe de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) publicado en 2015, en base al análisis de 170 estudios publicados, estableció que los videojuegos violentos podrían llevar a un aumento de la agresividad en los jóvenes. La investigación, según la nota oficial publicada, «demuestra una relación consistente entre el uso de videojuegos violentos y un incremento en el comportamiento agresivo (…) y un decrecimiento en la empatía y la sensibilidad a la agresión». Aun así, establecía lagunas en los ámbitos de investigación, como las escasas referencias a los impactos en la población menor de 10 años, y en los análisis de las diferencias existentes en el uso de videojuegos entre hombres y mujeres.
Vázquez-Miraz no cree que «videojuegos e imágenes violentas hagan más agresivas a las personas. Si esta premisa fuera cierta, la generación de Marco y Heidi (famosas series de animación de la década de los 70), debería ser la más pacífica de la historia. He crecido con series de dibujos violentos y no me considero una persona violenta». Asimismo, un consejo habitual en los especialistas es el de revisar la clasificación PEGI con recomendación de uso de videjuegos por edades.
«Hay más factores a tener en cuenta. Si un hijo está diez horas seguidas jugando a videojuegos, que es algo no recomendable, entiendo que la culpa es de quien se lo permite. Siempre es más fácil criticar el medio que reflexionar sobre los propios errores», matiza Vázquez-Miraz, doctor en Psicología por la Universidad de La Coruña.
Paz imperfecta y en continua construcción. La construcción de la educación por la paz es un proceso continuo, señalan tanto José Tuvilla como Marina Caireta.
«La paz es imperfecta, porque es una construcción humana permanente. Se realiza día a día, poco a poco. No se construye paz a partir de una visión de ella como algo inmóvil, perpetuo o eterno. La paz es un proceso gradual y permanente de las sociedades en el que poco a poco se instaura lo que se llama justicia», remacha Tuvilla, para quien igual que la paz es imperfecta y en continua construcción, también lo son «las diferentes caras de la violencia», como son la violencia estructural y la cultural.
Sorry, the comment form is closed at this time.